David Rosenmann-Taub es un poeta total, esto es, un poeta que atiende a todos los aspectos de la realidad y que moviliza todos los recursos del lenguaje. Obra, así, como otros grandes del idioma —Gonzalo Rojas, Tomás Segovia, Carlos Edmundo de Ory—, que muestran la misma voluntad que él por atrapar lo subterráneo y lo trascendente, lo no dicho y lo no decible, sin por ello renunciar a un propósito radicalmente humano. La poesía de Rosenmann-Taub es como el hojaldre: hecha de capas superpuestas, cruje, crepita en los ojos, y nos inunda de una miríada de astillas sonoras. Brota de una simiente vanguardista, es decir, de una incomodidad con el ser y con el mundo que se traduce en una simultánea incomodidad con el lenguaje, y que aspira a disolverse en su manifestación. Resulta, pues, inquisitiva, disconforme y audaz, pero no se desarraiga nunca de la tradición: actualiza, vivifica ese espíritu subversivo, pero no desatiende el conocimiento de los clásicos ni de las formas poéticas convencionales, antes bien, los dota de un nuevo significado: los recrea, transformándolos.
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Lectura de Juan Andrés García Román
Y es que cuando hablamos de música en la obra de David Rosenmann-Taub no debemos remitirnos a la música como lenguaje reglado y sonoro, sino a su significación profunda como metáfora romántica, es decir, la música no como partición de tiempo en los espacios, sino como herramienta humana para rendir los moldes de la razón y la lógica a los pies de una libertad espiritualizada. Más que música, por tanto, y más que reglas de armonía del verso, de lo que hablamos es de la fantasía como coordenada, como espacio recuperado, como reivindicación de un lenguaje exclusivamente humano en el que los interiores de las palabras se mezclan en un río, del mismo modo en que se mezclan los contornos de las piedras a través de la lente del agua que pasa.
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